Unas tristes pegatinas son lo único que decoran su pasado, un pasado que solo recuerda ella.
Un pasado que nadie más sabrá… un pasado… una mentira… un sueño…
Si… ella solo piensa que fue un sueño, un triste sueño. Nada más.
Oye la música que siempre le dijeron que no oyera, juega a los juegos que siempre le negaron jugar…
Pero por mucho que fingía una dulce sonrisa… lo dulce también puede llegar a ser triste.
Su corazón está cerrado, no deja que nadie entre en él y si entra, intenta alejarlo. Tiene miedo.
El miedo se adueña de su alma. De su corazón.
Se levanta de la cama soltando aquel triste diario que sujetaba entre sus manos.
Delante de ella, un pequeño mueble sobre el cual están las cosas más importantes para ella, pero también a las que más teme.
Unos dibujos, unos pinceles, un espejo… Unas fotografías.
Recuerdos que pueden llegar a hacerle mucho daño si en algún momento se olvida de controlar aquellos extraños que viven dentro de ella. Aunque, la mayoría de las personas lo conocen con el nombre de “sentimientos”.
Se mira al espejo de color azul rectángulo, un espejo que siempre le había gustado.
Su mirada se ve vacía, triste. Sus manos pequeñas tocan suavemente el cristal, acariciándolo con sus temblorosos dedos…
Por un momento, deseó no existir, deseó que aquel espejo la tragara para así no dejar ni su propia sombra…
Pero la vida no es así… y ella lo sabe. Tiene que luchar día a día para conseguir sacar una dulce sonrisa, una falsa sonrisa.
“Al final me sirven de algo los años de clases de teatro” ese era el pensamiento que más lugar ocupaba en su cabeza… “sólo un juego, como un teatro más”.
Y así, la chica volvía “jugar a actuar”… como ella lo llamaba… un día tras otro.
Su vida se iba convirtiendo en una gran mentira.
